
Estas plazas son hitos urbanos por sí mismas y no requieren decorados o atractivos suplementarios. El zócalo de la Ciudad de México, la antigua plaza de armas o plaza de la Constitución, una de las más amplias y notables entre las de su género, es, por capricho del jefe de gobierno de esta ciudad, tratada como un vulgar descampado, un espacio “demasiado” amplio para ser “desaprovechado” (el jefe de gobierno padece el horror vacui de los barrocos, pero con menos estilo) y ha decidido (¡porqué no!) gastar nuestros impuestos en un museo de dinosaurios para homenajear a Darwin (¡faltaba más!) en una costosa y blanca carpa circense. Marcelo Ebrard al igual que su antecesor, tiene una visión pueblerina de esta ciudad inmensa, llena de recintos, estadios, museos, teatros y demás, lo que es comprensible en el ex presidente municipal de Macuspana, no así en el “alcalde cosmopolita” que pretende ser Ebrard.
¿Que Ebrard no ha pensado en el autódromo, en el Cerro de la Estrella, en los terrenos expropiados como “La Ford” o incluso en los terrenos de la ex refinería, para hacer un lugar de recreación popular donde homenajear a Darwin y sus dinos, o para poner su pistota de hielo con su arbolote de navidad o para a hacer el maratón del beso masivo a.i. (antes influenza) o cualquier otra ocurrencia? Los pocos valientes (que tienen que ser muy valientes) que se han mudado al Centro histórico, se lo agradecerán y también todos los que pensamos que nuestro “zócalo” es una plaza majestuosa de una gran ciudad y no una plaza pueblerina.
(Del ár. hisp. *muharráǧ o *muharríǧ, y este del ár. muharriǧ, bufón).
1. m. coloq. Persona o cosa defectuosa, ridícula o extravagante.
2. m. coloq. Cosa imperfecta.
3. m. coloq. Hombre informal, no merecedor de respeto.




