martes, 17 de febrero de 2009

De porque los pueblos mágicos tienen tan poca magia


Ya son dos o tres las veces que vuelvo muy decepcionada de Tepoztlán, Morelos. Yo no tengo casa o amistades con domicilio en ese lugar, así que mi visión no es desde un lujoso gueto florido y con alberca.

Tepoztlán tiene un clima envidiable casi todo el año, una vegetación feraz, esta enmarcado por unas montañas que parecen recortadas a mano, cuenta con un convento del siglo XVI que ahora es museo y está bien conservado y, como ya mencioné, tiene lujosas casas de fin de semana. Hasta aquí, todo bien. Pero, como la mayor parte de los pueblos mágicos y sitios de interés turístico, ha caído ante al imperio del automóvil y del comercio, destruyendo su propio patrimonio y matando – lentamente- a la gallina de los huevos de oro.

Como en muchos lugares de México, la arquitectura civil más interesante de ese lugar, es la que se conoce como vernácula o arquitectura sin arquitecto, hecha de piedra, adobes, tejas y flores. Las casas, no muy altas, algunas veces blanqueadas con cal, están construidas a la sombra de una jacaranda, junto a una generosa huerta, pero como los turistas ya no saben caminar y para dejar el coche lo más cerquita posible del mercado de souvenirs (recuérdese que así cómo los japoneses no viajan sin su cámara, los mexicanos no viajan sin comprar alguna cochinadita del lugar que visitaron), para esto, el municipio ha permitido (o quizá fomentado) que se destruyan los muros y las huertas para hacer muchos e improvisados estacionamientos. Además, las estrechas calles de la localidad, no dan para la afluencia de vehículos que por ahí transitan.
Total, aquello los fines de semana, es un embotellamiento capitalino, a escala, pero igual de insufrible y agresivo con los peatones que son otros paseantes, que antes o después le aventaran el coche y le tocaran el claxon a los otros paseantes.
Además, lo que vende el mercado, ya no es ni por asomo lo que era. Ahora es más fácil comprar un sari, una pashmina o incienso del Tibet, antes que una artesanía local; los tenderetes que rodean casi todo el perímetro del convento de la Natividad, son lo más globalizado que hay, con el “encanto” de lo holístico. Una tristeza. Y las casas abren grandes boquetes a sus fachadas para poder mostrar sus mercancías y competir con el comercio informal, aunque así también les entre más el calor.

¿Qué hacer? No me atrevería a proponer tal como lo hice en este post de Real de Catorce, que se convierta en un pueblo peatonal, no lo creo viable, pero sugiero que se restrinja el acceso solo al tráfico local, reservando para los turistas, amplios y cómodos estacionamientos de paga (techados, por aquello del calor y la lluvia torrencial) en las entradas del pueblo y se mejore, sustancialmente, el transporte público tanto para los lugareños como para los turistas.

Me pregunto y les pregunto ¿Qué clase de apoyo brinda FONATUR a los Pueblos Mágicos, si ni siquiera ayudan a los municipios con planeación para evitar que la andanada de turistas destruya la vida y patrimonio de esos pueblos? ¿O será cierto lo que dicen algunos morelenses, que nada es más difícil que gobernar Tepoztlán?

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La foto muestra el actual skyline de Tepoztlan, con el Tepozteco al fondo y con la “nueva” arquitectura vernácula (de ínfima calidad y violando seguramente varios reglamentos, si es que existen). Chequen los horri-cables con su correspondientes diablitos.

2 comentarios:

JLB dijo...

Hola Martxele:

Precisamente hoy ha salido en el periódico una nota con el encabezado "Perderían cinco o seis localidades el distintivo de pueblos mágicos". Puedes leerla en http://www.milenio.com/node/178170

Más que merecido...

JLB

Anónimo dijo...

Soy nativo del Pueblo de Tepoztlán, en efecto, pienso que más que organización el programa de pueblos mágicos ha traído descontrol y la desnesurada visión mercantilista y de explotación al que se deje. disculpenme Tepoztlán es mágico en si mismo sin ningún programa, por sus calles, por su cultura y su tradición, y eso es lo que no han explotado los políticos y que Dios guarde la hora porque eso no se vende.
Mario